Mucha gente, cuando lee un libro, afirma que le gusta o disgusta en función del grado de acuerdo o desacuerdo que ha experimentado con la opinión del autor.
Me parece simple, en el mal sentido de la palabra.
A mí, y no me las quiero dar de compleja, me gusta un libro cuando me ofrece un nuevo punto de vista, desconocido para mí. Que, termine estando de acuerdo con él o no, al menos me haga pensar. Descubrir.
Por eso no me agrada especialmente leer libros en los que voy a encontrar un punto de vista que ya comparto.
Hay dos formas de conocer el mundo –no incompatibles entre sí-: viajando y visitando lugares, o conociendo personas.
Cuando lees un libro, una persona te está hablando. Estás conociendo una pequeña parte de ella.
A todos nos gusta encontrarnos con alguien que comparte nuestros principios, ¿pero y lo enriquecedor que es cruzarte con alguien con pensamientos muy distintos a los tuyos, y con quien tienes la posibilidad real (no material, ni espacio-temporal, sino la de crear un puente, una vía) de comunicación?
Veo tan, tan aburrido y pobre pasar todo el tiempo con personas que piensan lo mismo que uno…
Y, sin embargo, no sé si atreverme a afirmar que es la forma de agrupación más frecuente de los seres humanos.
Quizá sea que (¿ahora?) no necesito estar constantemente reafirmando mis ideas. Sin por ello haber renunciado -¡todo lo contrario!- a la posibilidad de ponerlas en tela de juicio en cualquier momento.
O eso quiero creer.






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