He soñado que en las enormes playas de un pueblo que debía ser el mío, aunque era mayor que en la realidad, plantaban césped. Sólo en la mitad más cercana a la orilla.
Césped muy verde como el de los campos de golf, y muy suave como el que sólo crece en zonas bastante más septentrionales que mi pueblo.
Entre el césped y la arena había un muro largo como la misma playa, y lo suficientemente alto como para que fuera imposible de saltar. Un muro liso y de plástico transparente, que nos permitía ver lo que había al otro lado.
El acceso al mar se permitía por 5€, pasando por unas puertas en las que había vigilantes (o taquilleros).
Y yo tenía la esperanza de que las calitas vírgenes a las que suelo ir en bicicleta aún no hubieran sido invadidas por el imparable proceso de la privatización.
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1 comentario:
Si no hubiera Ley de Costas tu sueño se habría hecho realidad. Pero no echemos las campanas al vuelo, si no llega a venir la crisis cuando no hubiera quedado ni un palmo por edificar, habrían pedido la privatización de la arena. Y a construir sobre las olas.
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