Los hábitos de consumo de la sociedad occidental moderna no sólo son enfermos, sino también injustos.
No me compro un móvil nuevo cada pocos meses o cada año porque, aparte de que no lo necesito, si los trabajadores de las minas de coltán tuviesen unas condiciones laborales dignas, el precio de un móvil sería el que debería ser: quién sabe cuántas veces superior al que es. Y no podría "permitirme" un gasto así cada poco tiempo.
No compro ropa nueva ni todas las semanas ni todos los meses porque, además de tener la suerte de no sentir que lo necesito, si todos los habitantes del planeta pretendiésemos llevar ese ritmo de consumo no habría trabajadores suficientes para abastecer semejante demanda.
Procuro no comprar productos de grandes marcas con fama o denunciados por incumplir normas mínimas de derechos humanos, laborales o medioambientales porque aunque no nos demos cuenta, uno de nuestros mayores poderes es el que ejercemos como consumidores.
Y es la forma de decir "no".
Como cuando uno vota, sólo que aquí sí tenemos de verdad el poder de decisión y de acción en nuestras manos.
En algún otro post desarrollaré más la idea -sobre todo del último párrafo, para investigar, entender, explicar y argumentar de una vez por qué no me gustan McDonalds u otras multinacionales, cosa que ya me han preguntado muchas veces y demasiadas no he sabido responder con vehemencia-.
Esto sólo ha sido una breve reflexión soñolienta surgida entre examen y examen, viendo este documental:
"Blood in the mobile" (subtitulado en castellano)
http://www.yaske.net/es/pelicula/0000604/ver-blood-in-the-mobile-online.html
Buenas noches.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)






No hay comentarios:
Publicar un comentario